Autor: María Adoración Fernández Maldonado
marzo 10, 2016

 Derecho y física (cuestión de seguridad)

     Al colocar el Derecho (y la seguridad jurídica especialmente, como intentaré desarrollar) ante esta disyuntiva, diría estar proponiendo la vieja disputa de ¿ciencias o letras?, innecesaria  según parece.  Hoy, la ciencia es quien tira los dados en el universo y  “las letras” parecen una mera comparsa para contarlo o cantarlo.

     Como notario que soy, teniendo como uno de los fines esenciales de mi trabajo el proporcionar seguridad jurídica preventiva a quienes deciden otorgar un acto de forma pública y fehaciente, al observar algunas realidades del Derecho actual me siento a ratos como si entrase en  un agujero negro o campo magnético en el que me pusieran a dar vueltas, movida por fuerzas que desconozco y sin saber dónde acabaré, sin entender nada en suma. Por eso he pensado que quizás esté ante una “cuestión de ciencias”.

    La realidad que me ha llevado a esta reflexión es la avalancha legislativa en la que estamos inmersos en esta época con un legislador que interviene a diario para “ordenar” la conducta social modificando, refundiendo, volviendo  a modificar, aclarando, “remodificando”, derogando u olvidándose de derogar multitud de normas, creando un universo (en realidad debería llamarlo ordenamiento jurídico pero me cuesta creer que sea eso lo que veo) inabarcable e inmanejable, dinamitando la seguridad jurídica.

      Es posible que este legislador que dicta miles de normas esté influido por encuestas que le hacen saber que los científicos son la profesión más valorada por los ciudadanos y, siguiendo su estela y acogiéndose a la muy estimada física cuántica, puede haber decidido meter la materia sobre la que interviene – a saber, eso llamado sociedad- en un acelerador de partículas para producir cambios a la mayor velocidad posible.

  Sin duda puede estar satisfecho de su capacidad de multiplicar normas cada vez más particulares, minuciosas y confusas, aunque el resultado para nosotros es que, ante cualquier acto o contrato, ni siquiera los que nos llamamos juristas somos capaces de asegurar a ciencia cierta cuáles serán sus consecuencias.

    Como si se tratase de un experimento, ante las nuevas leyes no nos queda más remedio que realizar el acto y ver qué pasa, pero, desafortunadamente, no hay una serie de fases previas antes del uso de esas normas, como en el caso de los medicamentos para comprobar si son  dañinas, beneficiosas o simplemente inútiles.

   A diferencia de los ensayos de la ciencia, los efectos de esos experimentos no quedan en un laboratorio, sino que afectan a personas con  proyectos y expectativas e inciden sobre  una sociedad que empieza a considerar su estado ante las normas que la rigen como el de perplejidad e inseguridad jurídica.

En  esta vorágine, además, yerra en dos puntos:

Reforma normas, con abruptas puestas en vigor y sin proveer recursos técnicos imprescindibles para su aplicación con lo que la reforma desajusta y empeora durante mucho tiempo el ámbito social al que se dirige.

NO reforma lo que es ya inaceptable.

¿Quo vadis , legislador-científico?  ¿Sabemos el fin de este ensayo?

 

Derecho y filosofía

Si este Derecho no nos convence, preguntemos cuál necesita  la sociedad de la  Tercera  revolución industrial.

Acerquémonos a la historia en otra época de grandes cambios: En el siglo XVIII nos encontramos con el racionalismo jurídico que nace en un contexto de optimismo vital propiciado por los avances de las ciencias físico-naturales. Kepler y Newton en ciencias y, en el Derecho, un “todoterreno” como Leibnitz, entre otros, hicieron avanzar a un tiempo astronomía, física, matemáticas y también el sistema legislativo en el que se crean cuerpos de normas ordenados sobre unos principios generales que luego van descendiendo a lo concreto. Y junto a todo ello, no lo olvidemos, el gran milagro de los derechos del hombre y la igualdad cívica.    ¿Cómo no irradiar optimismo?

 Siglo XXI: tenemos ante nosotros una colosal transformación económica resultado de la convergencia de las extraordinarias tecnologías de la comunicación de Internet con los nuevos sistemas de energía; la Tercera Revolución industrial está dando paso a una civilización  más compleja en la que el Derecho no parece ir parejo a los demás avances.

 

 ¿El Derecho de esta nueva civilización, qué pilares necesita?  Una pequeña aproximación a la  vieja Filosofía del Derecho

   Rescato estas  ideas que estudiamos un día para  saber si han quedado anticuadas e inservibles y por tanto, el derecho debe buscar otros cimientos: 

  1. El Derecho como concepto analógico, nos decían que puede ser una facultad (puedo hacer algo), una ley (que ordena) o , id quod iustum est (lo que es justo).
        (Aquí hablando de analógico, el “viejo derecho” ha perdido todos sus puntos…¡otra cosa sería si fuera al menos digital o, desde luego ,virtual !)        
     
  2. El Derecho como palabra en el lenguaje, en español, en francés e italiano (droit, diritto) debe su nombre al latín, donde se expresó como directum y también como ius.

      (Definitivamente estos argumentos que van apoyándose en algo tan muerto como el latín están despeñando mi menesterosa defensa de una idea tradicional del derecho)
Pero dejadme que apunte algo: en Derecho romano ese ius era una hermosa concepción, aquello que no daña a los hombres, lo que se puede hacer..   Y aquí aparece uno de sus cimientos: la justicia, que en sí misma es un valor.

  (Bueno, creo que aquí empezamos a ganar enteros)
       

     3. El Derecho sigue siendo vida humana, vida de las personas en convivencia;  en esta frase ya he saltado de hombre a persona: solo el hombre es persona, digno y libre, no una mera “parte” de esa sociedad en la que vive;  pensando en la persona mis amigos los romanos dijeron aquello de “ubi homo ibi societas, ubi societas ibi ius, ergo, ubi homo, ibi ius”, allí donde está el hombre, allí están el derecho, la persona y su libertad, libertad que también es en sí misma un valor.

     La persona no vive como “se” vive, no goza como “se” goza, no lee como “se” lee y no ama como “se” ama, vive como cree que quiere y puede vivir y por eso necesita normas de convivencia, para evitar que dominen su mundo el arbitrio o la fuerza bruta de quienes puedan imponerle la forma en que “se” deba vivir .

      (A mí esto según lo escribo me va pareciendo que no es nada rancio ni obsoleto).

     4.  Pero ese Derecho, ya nos dijo Kelsen, que debe tener un “minimun” de eficacia, las normas deben tener un mínimo de racionalidad que asegure su aceptación, deben ser un sistema unitario pese a sus cambios: es su imagen de la pirámide normativa.


(¡Kelsen!,  imprescindible)

  1. Y aquí llego al núcleo de lo que hoy veo en riesgo: la seguridad jurídica, imprescindible, porque en el Derecho no hay justicia ni libertad sin seguridad, sin certeza en la vida social.
    A lo mejor después de tanta construcción jurídica deberíamos recordar a Rousseau: el hombre es esencialmente bueno y vive de forma idílica con sus demás congéneres, hasta que a uno se le ocurre cercar la tierra que cultivaba y aquello es el desastre, por lo que para evitar la inseguridad de todos hay que acordar unas normas que nos den a todos certezas y saber a qué atenernos….
           (Veréis que ya no puedo estar más clásica-nostálgica, he vuelto al bachillerato)

   Si el Derecho es un límite, si impone un orden y una forma de vida, lo menos que se le puede pedir es que nos dé paz y tranquilidadseguridad, que también es un valor en sí mismo.

    Esto podría sonar a “aburguesamiento”, a petición propia de algunos intereses económicos, pero nada más lejos de la verdad: la seguridad no solo protege nuestros bienes materiales, y, aunque así fuera, alguno de los ellos como la vivienda de la familia son el refugio de la persona y su dignidad en tiempos convulsos, refugio perdido en muchos casos por burbujas y crisis causadas por normas arbitrarias y controles existentes solo en la letra de alguna ley que no se aplica o ni se sabe que existe, pero es que la seguridad jurídica protege también la misma vida, la misma libertad del hombre, la misma idea de la justicia sin la cual no cabe hablar de Derecho.

      Y remato con un retuit de Baldo de Ubaldi, jurista del Cuatrocientos: “entre los fines del Estado está el deber de garantizar la inviolabilidad de los derechos individuales, la libertad de querer, de obrar y de disponer de sí y de sus bienes”.
   (Bueno este hombre, como estaba en el comienzo del Renacimiento, buscaba el predominio de la razón sobre la fuerza o el sinsentido, y colocaba al hombre como centro del universo, manías de esa época que, por cierto, creo que no deberían perder nunca vigencia).

  – justicia, libertad y seguridad– sirven más que nunca a la complejísima sociedad que se desenvuelve en esta Tercera  revolución industrial.

    

Una base de datos jurídicos en internet no nos da seguridad jurídica: hoy sigue siendo preciso el racionalismo jurídico que crea ordenamientos con principios informadores claros, sencillos, y comprensibles por cualquier ciudadano.

Una sociedad sujeta a una difícil revolución industrial solo la asimilará y prosperará si encuentra su propio nuevo orden, aquel que debe poner el mejor Derecho, el depurado por esos mismos viejos y grandes principios: la justicia, la libertad y la seguridad.

 Así pues, ¡más Kelsen y menos Hawking!

 ¿Por qué?…. Pues porque nuestro Kelsen siempre nos llevó a buscar un sistema unitario de las normas pese a sus mutaciones.

  Porque los científicos buscan leyes, pero usan aceleradores de partículas, para al parecer,  descubrir algo como la“antimateria”. 

    Si el legislador, en su afán de emular a los científicos, pretende con el acelerador legislativo llegar al anti-derecho, o quizás demostrar que el Bosón de Higgs jurídico existe ya, representado en sus nuevas leyes, que duran un zeptosegundo como aquél….
….Aunque los chicos de los matraces y las batas blancas dicen que no hay que preocuparse, que el contacto entre materia y antimateria ocasiona su aniquilación mutua, sin que ello lleve a su destrucción sino a una transformación de la que nace algo superior, no sé por qué no me siento nada cómoda en el medio de esas colisiones ni aceleraciones… y ….miro a Kelsen como la tabla con la que salvarme antes de llegar a ningún agujero negro.

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Acerca del autor:

Notario de Albacete.

María Adoración Fernández Maldonado – ha escrito posts en NotaríAbierta.


 

 

3 Comentarios

  1. Fenomenal artículo, bien estructurado y desarrollado. Yo, siguiendo con el fútbol, añadiría a tu artículo galáctico un par de galácticos, como Kant y Leonardo – que además jugarían en distinta posición. (Al “terrible florentino” lo reservaría para otros partidos).
    En serio, fenomenal. Enhorabuena. Un abrazo
    Diego

    1. Gracias Diego: me gusta muchísimo la idea de añadir a otros grandes al partido de la racionalidad jurídica. Un abrazo.

  2. Muchos compartimos esa añoranza de un orden jurídico. Echamos de menos unos principios informadores claros que articulasen y diesen coherencia a toda esta proliferación normativa.
    Juristas sabios que sustituyesen a los técnicos.
    Ese creo que es el secreto del triunfo y expansión del derecho anglosajón; el tradicionalismo que da duración a las normas y la flexibilidad que así se fomenta para adaptar a la necesidad de las nuevas realidades los viejos principios.
    Hoy legislar se ha convertido en sinónimo de “producir” para los políticos. Como si dictar mayor número de normas fuera igual a gobernar mejor. Se trata de ejercer el poder desde el BOE. Y eso es absurdo.
    Gracias por sacarnos de ese marasmo y hacernos pensar filosóficamente en el Derecho.

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