buen doctor
Autor: Firma invitada
enero 7, 2020
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El saloncito exhibía sin pudor todos los excesos del gótico victoriano. Las mesas de madera finamente trabajada, los jarrones de porcelana, las cortinas de encaje y la gruesa alfombra persa se repartían el espacio disponible como si este fuera un bien escaso y ellos un grupo de aguerridos colonos del Nuevo Mundo.

Henry tenía que agradecerle a lord Ruthven la deferencia de haberle cedido aquel reducido pero confortable espacio, alejado de la algarabía de la fiesta. Henry tenía que hablar con Robert a solas. Ahora, ambos hombres se observaban mientras sus cuerpos descansaban enterrados en sillones probablemente tan caros como antiguos. Henry se sirvió un vaso de vino y lo degustó lentamente.

—Creía que no bebías —apuntó Robert esbozando una sonrisa.

Henry también sonrió, aunque solo con medio rostro.

—Y no lo hacía —reconoció—.  Nunca he hecho nada que fuera bueno para el espíritu, pero he cambiado.

—Sí, lo has hecho —convino su amigo—. Nunca te había visto tan…

—¿Vivo? No, estoy seguro. Hasta hace solo un año, la única vida que había conocido era mi trabajo. Yo era tan solo «el buen doctor».

Los ojos de Henry siempre habían tenido un color azul cálido, como el de las aguas del Índico en verano. Ya no era así. Una cualidad glacial se había apoderado de su belleza.

—Eres el mejor médico de Londres. Sin ti, mi dolencia…

—Por favor, Robert —lo interrumpió su amigo—. Las dolencias de otros han sido mi maldición durante todos estos años. No me interpretes mal. Ha sido un placer tratar a hombres eminentes como tú o como el hijo de Ruthven y su extraña enfermedad sanguínea. Siempre me has parecido hermoso, Robert, apuesto, con tu largo pelo y tu elegante barba. ¿Qué he sido yo en comparación? Te lo diré: un pobre desgraciado hundido hasta los hombros en probetas y emplastos, prisionero de sus obsesiones, un hombre convencido de ser inferior, seguro de obtener un no como única respuesta a cada ruego, sin personalidad ni una verdadera vida.

—Henry, jamás imaginé…

—No me interrumpas —lo cortó el médico, autoritario, con un timbre de voz que Robert jamás hubiera creído posible en él—. He estado enfermo. Mi cura depende de una medicina muy cara. Necesito ayuda económica.

—¿Enfermo? ¿Qué te ocurre?

—Siempre lo he estado: enfermo de miedo; ese es mi diagnóstico. He vivido con miedo, incapaz de reconocer las verdades de mi vida, de amar y ser feliz. La felicidad es como la hermosura, Robert, son estados del alma. Ambas son inalcanzables desde el temor.

—¿Miedo? ¿Miedo de qué?

—De todo, pero sobre todo de lo que siento. Ya te lo he dicho, amo a algunos hombres y mujeres, pero detesto a la mayoría: enfermos, sudorosos, bastos, decrépitos, faltos de sutileza, de inteligencia, incivilizados, arteros… No me gustan las personas, Robert, y durante toda mi vida me he visto obligado a tratar con ellas, a remediar sus males fingiendo abnegación. Siempre he tenido miedo de ese sentimiento por considerarlo impropio y pecaminoso. ¿Y qué hay de la responsabilidad, del espanto de causar una muerte por un mal juicio, del temor a la pobreza, al ridículo? No podía dejar de pensar, las ideas tomaban el control  y no era capaz de impedir que me torturaran día y noche, dando vueltas y más vueltas, construyendo tras el telón de mi mente el escenario más negro de escarnio y humillación. Las combatía trabajando, sin descanso, asegurándome tras mil pruebas de que cada diagnóstico era el correcto, y cada tratamiento, el adecuado. Es miedo, y no abnegación y amor por mis pacientes, lo que ha labrado mi reputación. Fingir que los trato porque me agradan, porque soy un buen galeno, ha convertido mi vida en un infierno. Dejé de sentir amor, alegría, pasión. Todo me llegaba viciado y enrarecido, como el hombre que contempla la luz desde el fondo de una caverna. Robert, se puede morir aterrado, pero no vivir con miedo. El miedo destruye la razón, destruye al hombre.

—Ahora estás mejor.

—En efecto. El primer paso fue el autodiagnóstico, el segundo, elaborar la cura. Ahora me siento mejor. Ya no tengo miedo. Vuelvo a sentir, con más fuerza que nunca. Nada me frena ya. He asumido que no hay mal en mí. De hecho, el bien y el mal no existen, son tan solo engaños de la percepción humana. No hay moral más allá de mi voluntad. Soy el que soy. Ya no temo demostrar que no hay amor en mí, ya no temo vivir para mí, perseguir lo que deseo en realidad y abrazar la vida y sus placeres. Tengo derecho, ¿no crees?

—Todos tenemos el derecho de ordenar el rumbo de nuestras vidas —reconoció su amigo con amabilidad.

—Así es —concluyó un Henry más animado—. Tú lo entiendes mejor que nadie. Hay que buscar los tesoros de la vida, aunque eso signifique embarcarse en una goleta de sueños para dejar los temores atrás. De otro modo, no somos más que villanos ciegos suplicando en la noche. Es maravilloso no tener que fingir. Si pasas la vida dentro de un laboratorio, tu mente se consume y se estrecha hasta que no entiendes nada más que lo que tienes delante. Estamos en 1884 y el mundo es vasto. Tú eres un gran viajero, tú lo sabes.

—Esto no es solo por una medicina.

—No lo es. Es por el mundo en sí. El siglo muere, y nosotros moriremos con él si no cambiamos. El año pasado tomé un barco en Portugal. Deseaba visitar América. Un día, estaba contemplando el mar cuando un hombre extraño se me acercó. Señaló hacia las aguas y me aseguró que, en aquella zona, en las profundidades, un antiguo dios del cosmos duerme atrapado en una inmensa ciudad submarina. Me dijo que todo está escrito en un libro negro, que las puertas de R’lyeh nos aguardan a todos. Me maravilló su relato, Robert. Por un momento deseé entregarme al abrazo del océano y ver aquella ciudad. Pero eso no es todo. Hace unos meses conocí a un joven en la Debating Society, un estudiante llamado Herbert. Es un hombre peculiar y genial. Lo llevé a Whitechapel. Me apasionan sus calles estrechas y malolientes. Bebimos, hablamos, volvimos a beber. Cuando el alcohol se derrama libre por sus venas, asegura haber construido una máquina que le permite cabalgar las corrientes del tiempo. ¿Puedes creerlo? Dice haber visto el futuro, el nuevo siglo, un siglo de oportunidades increíbles, de maldad abrumadora, un siglo en que el hombre, al igual que yo he hecho, se liberará de la carga del miedo y aprenderá a llamar por su nombre lo que desprecia. Me dijo que la cruz retorcida devastará la Tierra y que una época llena de maravillas resurgirá de sus cenizas. Quiero ser parte de ese mundo, Robert. Lo quiero entero, los nuevos placeres, toda esa nueva vida. Necesito esa fuerza, quiero absorber toda la energía que liberará el cambio. Ruthven no me concederá lo que necesito. Debo conseguirlo por mis propios medios.

—Mary está preocupada por ti.

Henry pareció decepcionado.

—¿Eso es lo único que me respondes?

—No te reconoce, y yo tampoco. ¿Qué quieres de mí?

Henry se sirvió más vino. Su mano derecha temblaba levemente.

—Todo lo que planeo, lo que espero… El nuevo mundo no funcionará con los engranajes de la vieja heráldica, no reconocerá el poder de los antiguos apellidos. Solo responderá ante el dinero. Necesito dinero, Robert. No quiero limosna, quiero socios. Tengo algunos proyectos en mente: inversiones inmobiliarias, ferrocarril, cosas de ese estilo. Mira.

Henry se incorporó y alargó a su amigo unos papeles que extrajo del bolsillo interior de su chaqueta. Robert los examinó unos instantes en silencio.

—¿Y este nombre?

El buen doctor se encogió de hombros.

—Es un pseudónimo. Suelo usarlo en mis negocios, y también en lugares donde no soy conocido, como aquí, en Escocia.

Robert asintió y devolvió los documentos a su antiguo médico.

—No lo sé, Henry. No me sobra el dinero, y mi salud, pese a lo que puedas creer…

—Solo te pido que lo pienses.

—Lo pensaré. Y tú, ¿me prometes que te cuidarás?

—Ahora me dedico a eso, mi buen amigo. Ahora me dedico a cuidarme yo.

La fiesta estaba en su apogeo. El cuarteto de cuerda dedicaba a los presentes su mejor repertorio. Mozart llenaba el aire. Henry localizó a la persona que buscaba y se acercó a ella, apartando con suavidad a los invitados.

—¡Arthur! —llamó alzando una mano.

El interpelado se volvió al oír su nombre. Tardó unos segundos en reconocer al hombre que lo llamaba.

—Mi estimado colega —saludó—, ¿en qué puedo ayudarle?

—¿Me concedería unos minutos de su tiempo, señor? El dueño de la casa me ha cedido un pequeño salón. Tengo algo que proponerle. No tardaremos, le doy mi palabra.

Arthur se atusó su gran bigote y asintió.

—Está bien, usted primero.

Ambos caballeros se encaminaron hacia las escaleras. Henry estaba a punto de subir cuando algo lo detuvo en seco. Había visto a una mujer entre toda aquella turba decadente, una mujer que destellaba como un diamante en un barrizal.

—Arthur, ¿conoce a aquella dama?

El otro hombre atisbó entre la multitud.

—Nunca la había visto antes —admitió.

—Discúlpeme un instante.

Henry se alejó. Su cuerpo parecía flotar sobre el suelo y fluir entre los invitados. Hombres y mujeres se apartaban de su camino de forma inconsciente al sentir su presencia. Henry no los veía. Hacía mucho ya que las personas se habían convertido en una mancha borrosa para él. Ahora se atrevía a todo, desde alimentar a un viejo dios dormido hasta alcanzar a una mujer única e irrepetible, porque solo algunos individuos conservaban su luz.

Milady, ¿sería demasiado atrevido preguntar su nombre?

La dama se volvió y lo miró. No era una mujer corriente. El nuevo Henry podía sentirlo; podía sentirlo todo.

—Si lo ha hecho, es porque ya se ha atrevido —contestó ella mirándolo de hito en hito—. Me llamo Irene Adler.

Henry se inclinó y le besó la mano. Ella sintió como si la quemaran.

—Hyde —dijo él—, doctor Edward Hyde.

“¡Vosotros los hombres supremos con que mis ojos tropezaron! Esta es mi duda respecto a vosotros y mi secreto reír: ¡apuesto a que a mi superhombre lo llamaríais demonio! ¡Tan extraños sois a lo grande en vuestra alma que el superhombre os resultará temible en su bondad!

Friedrich Nietszche

Juan Pedro Lamana

 

Juan Pedro Lamana Pedrero es Notario de Cehegín (Murcia) y también escritor. Recientemente ha publicado su primer libro “Mnemoneus: Demediado” en el que “se busca a un asesino en una ciudad llena de secretos”. Esta es su segunda participación (de tres inicialmente previstas) como Firma Invitada en nuestro blog. Aquí puede leerse la primera. Gracias, compañero, por permitirnos publicar tus relatos.

Acerca del autor:

Firma invitada – ha escrito posts en NotaríAbierta.


 

 

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